Miércoles, Noviembre 22, 2017
   
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Rugby Didáctico - VIII

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La filosofía del entrenador

El punto de partida en la tarea de entrenar es precisar y definir nuestra filosofía de entrenamiento, porque de ella surgirá nuestra escala de principios y valores que nos acompañarán al entrenar.

La palabra filosofía comúnmente es entendida como un conjunto de conocimientos teóricos; por ello, es tomada como un concepto que no guarda relación con la práctica. No obstante esa presunción, ambos términos están intensamente conectados debido a que cuando entrenamos volcamos en cada acto nuestras creencias y valores.

Los entrenadores tienen el poder de ayudar a sus atletas / jugadores a conseguir sus objetivos, porque sus palabras, su prédica y sus acciones tienen la fuerza de influir en los demás.

Ese poder que ostentan se ve reflejado en las creencias, valores, principios y prioridades personales del entrenador. Todo ello constituye su filosofía, es decir la base de su comportamiento.

La filosofía de los entrenadores esta constituida por la certeza y los principios que guían sus actos. Esto pasa principalmente por un buen conocimiento personal y por la honestidad que muestran cuando están trabajando.
 
Es muy importante que los entrenadores tengan una correcta filosofía de entrenamiento, porque si cuentan con una filosofía equivocada, lo demás estará supeditado a esa equivocación y quedará también contaminado (su conducta, sus valores, sus creencias, etcétera).

Nuestra filosofía de entrenamiento es la que gobierna nuestros actos y acciones y su influencia llega a cada una de nuestras decisiones como entrenador.

Por ello es fundamental que nuestra filosofía para entrenar esté basada en buenos principios. Se debe tomar conciencia de la importancia de desarrollar una filosofía de entrenamiento basada en los objetivos que cada uno se plantea para entrenar.

La filosofía guarda estricta relación con el objetivo que persigue el entrenador como conductor de grupos.

Respecto de las razones que comúnmente esgrimen los entrenadores para el ejercicio de sus funciones, tenemos que considerar:

- Ganar
- Disfrutar
- Desarrollar

Todos los entrenadores, en mayor o menor medida, apuntan sus objetivos a estas tres cuestiones. Ganar (un partido, un torneo, una competición); lograr que sus jugadores disfruten del juego; y por último, a apuntar al desarrollo no solo deportivo sino también humano de sus dirigidos.

Sin embargo, si bien estos objetivos están siempre presentes en la gran mayoría de los casos, muchas veces se entrecruzan y uno pasa a cobrar mas fuerza e ímpetu que los demás, quedando desplazados y perdiendo consideración.

Es natural, que muchas veces, estas situaciones entren en conflicto unas con otras. Solo allí, en esos casos, se logra divisar con nitidez la verdadera filosofía del entrenador de turno.

Cuando un entrenador manda a la cancha a un jugador lastimado, incluso poniendo en riesgo su integridad física, está privilegiando el éxito deportivo por sobre el desarrollo del jugador. Cuando un entrenador elige a un jugador que no entrenó durante la semana y vulnera reglas preestablecidas, está atentando contra la sana convivencia del grupo y el disfrute del juego. Está, en última instancia, sacrificando los modos en la búsqueda de un éxito efímero.

Muchas veces, decimos que nos importan los jugadores pero ansiamos ganar a cualquier precio. Entonces descuidamos y casi despreciamos a los jugadores poco talentosos y le damos excesiva atención a los talentosos, cuando – a decir verdad – aquellos necesitan más de nuestro tiempo y cuidado.

En definitiva, para conocer nuestra filosofía, la tarea principal es saber cual de las tres situaciones descriptas es más influyente e importante que las demás; cual es la que constituye la mayor preocupación del entrenador mientras está en actividad.

La correcta filosofía en el entrenamiento de los jóvenes puede ser resumida por la siguiente oración: “Primero los jugadores, luego las victorias”.

En el deporte – cualquiera que sea – lo primero y más importante son los jugadores, porque a ellos les pertenece el deporte.

Por ello, los entrenadores deben tener una filosofía de entrenamiento basada en ellos.

Bajo ese lineamiento, si priorizamos el desarrollo de los jugadores y el disfrute del juego, por sobre la victoria en sí misma, estamos apuntando a una filosofía correcta.

Debe señalarse, no obstante, que ello no significa que ganar sea algo de poca o escasa importancia, porque el esfuerzo que realizan los jugadores por alcanzar la victoria es una parte esencial en la practica del deporte; asimismo, no tratar de ganar sería ser un competidor deshonesto o desleal.

La conclusión debería ser que como entrenadores busquemos la victoria merced al desarrollo, crecimiento y disfrute experimentado por los jugadores, y que las victorias o triunfos sean una consecuencia de priorizar a los jugadores y no viceversa.

Si la filosofía de entrenamiento es ganar a cualquier precio, entonces el entrenador no respetará reglas, infringirá códigos, pondrá jugadores lastimados sin importar el riesgo para su integridad física, etcétera.

Si el entrenador por el contrario, tiene como objetivo – en primer medida – el desarrollo integral de sus jugadores, entonces su filosofía – y en consecuencia sus actos – serán otros; regirá el juego limpio y los jugadores serán lo más valioso e importante en el universo del deporte.

En las sociedades como la nuestra, donde se le presta suma atención y se le da tanto valor al triunfo, es difícil apartarse de la filosofía de ganar. Por ello, el cuidado que debe tenerse para no equivocar el camino correcto.

La filosofía del juego limpio apunta formar atletas íntegros. Es decir honestos, respetuosos, con autocontrol.

El respeto engloba un concepto amplio. Es respeto por uno mismo, por los demás, por las leyes y reglas del juego, por el equipamiento y por las instalaciones.

Se debe educar y concientizar a los jugadores sobre el valor y la importancia de respetar las normas del juego.

El concepto de juego limpio si bien se vuelca al deporte, tiene incidencia en la vida misma y genera un efecto contagio para los demás espectros de la vida.

La filosofía que volcamos al deporte no es otra que nuestra filosofía de vida, porque, a decir verdad, una filosofía de entrenamiento ha de estar fomentada y edificada en una filosofía de vida.

Por lo descripto, el entrenador en el ejercicio de su cargo, trasluce y deja entrever no solo sus conocimientos del juego, sino también su particular forma de ser, de pensar y de actuar.

Por Sebastián Perasso