Miércoles, Noviembre 22, 2017
   
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Rugby Didáctico - VI

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El entrenador como constructor de relaciones

Son muchas las labores de un entrenador de rugby. Apelamos aquí a los filósofos griegos para analizar como deben construir sus relaciones los entrenadores.

El entrenador es el encargado de conducir al equipo hacia el objetivo buscado, es decir, de fijar el rumbo. En el ejercicio de su potestad de conducción es el que ejerce el liderazgo del equipo.

En ese sentido, al entrenador le compete establecer las relaciones entre los distintos miembros que componen un equipo. La calidad, solidez y grado de confianza en que se basen y apoyen las relaciones dentro del grupo, determinará – en gran medida – el éxito en la empresa de que se trate.

El  entrenador  debe  apuntar,  en  primera  medida,  a  construir relaciones que funcionen,  y  esas  relaciones  se basan indefectiblemente en la confianza.

Una de las virtudes más importantes que poseen los grandes líderes, es ejercer el arte de construir relaciones que funcionen. En la práctica, no es posible encontrar relaciones duraderas, edificadas bajo cimientos o pilares que no sean la confianza, como podrían ser la dominación, la subordinación o el miedo, por ejemplo.

En  la  tarea  de  construir  relaciones,  aparecen  varios  interrogantes  que  hacen  a  la  conducta  del  líder  y  que merecen  ser  analizados  con  cuidado  y  detenimiento:  ¿el  entrenador  debe  tratar  a  todos  los  jugadores  por igual?  ¿debe  ser  flexible  con  alguno  en  detrimento  de  otros,  teniendo  en  cuenta  circunstancias  y  caracteres particulares de sus dirigidos?

A  los  efectos  de  adentrarnos  en  esta  cuestión,  considero  necesario  remontarnos  muchos  siglos  atrás, recogiendo el análisis que sobre el tema hicieran los filósofos griegos Aristóteles y Platón.

Aristóteles  sostenía  en  su  libro  “Política”  la  distinción  entre  dos  conceptos  de  igualdad  distintos:  la  igualdad aritmética y la igualdad geométrica.

La  igualdad  aritmética  da  porciones  iguales  a  todos  (independientemente  de  su  valor);  es  decir  que  le  da  lo mismo  tanto  a  las  personas  iguales  como  a  las  desiguales.  En  tanto,  la  igualdad  geométrica  implica  que  los iguales deben ser tratados de manera igual por las leyes, si sus circunstancias son similares en los aspectos relevantes.

Asimismo, esa clase de igualdad presupone y requiere que los desiguales sean tratados de manera desigual (la desigualdad en el trato debe ser proporcional a la desigualdad considerada).

Menciona también Aristóteles que cuando éstas condiciones son satisfechas, se habrán regulado las relaciones entre las personas de una manera justa, aunque  - en virtud de la desigualdad existente - alguna de ellas hayan sido tratadas de manera distinta.

En su criterio, la igualdad geométrica o también llamada proporcional, es la más importante.

Tanto  Aristóteles  como  Platón,  consideran  el  principio  de  la  igualdad  aritmética  como  un  error,  el  cual  es subsanable a través de la igualdad geométrica, dando porciones (tratos) iguales a personas que son iguales y porciones desiguales a personas también desiguales.

A fin de señalar la inconveniencia de aplicar la igualdad aritmética, Aristóteles afirmaba que “es tan injusto tratar a iguales desigualmente, como a desiguales, igualmente.”

Hecha  esta  pequeña  introducción,  resta  saber  sobre  qué  clase  de  igualdad  deben  basarse  y  apoyarse  las relaciones del entrenador con sus jugadores.

Quienes pregonan una igualdad de tipo aritmética dirán que “todos son iguales, porque todos son jugadores”.
Por el contrario, quien adhiere a la igualdad geométrica en el trato, dirá que “todos los jugadores son distintos y que cada persona es única e irrepetible.”

En  mi  apreciación  personal,  me  inclino  por  sostener  una  igualdad  geométrica  en  el  trato,  apuntando  a  que las  personas  (como  las  situaciones)  desiguales,  deberán  ser  tratadas  de  un  modo  desigual,  pero  midiendo  y calibrando las desigualdades con una misma vara.

Esto último es fundamental porque de lo contrario la igualdad geométrica se transformaría en desigualdad lisa y llana e injusticia en el trato.

Medir con la misma vara, implica ser justo en el trato. No ser rígido e inflexible para algunos y excesivamente permisivo  y  tolerante  para  otros.  Si  sostenemos  una  igualdad  aritmética  cometeríamos  un  error,  porque estaríamos tratando igual a jugadores que posiblemente no lo sean.

Es un hecho que no  todos los jugadores son iguales. Para algunos una palmada o una palabra de aliento es un derroche de motivación y confianza y para otros puede resultarles indiferente. Por parta parte, no todos se motivan de la misma manera, por lo que la misma receta no tendrá igual recompensa si cambia el destinatario.

Que  el  entrenador  tenga  ciertas  licencias  y  consideraciones  con  uno  en  detrimento  de  otros,  o  que  haga diferencias puntuales en ciertos aspectos, es entender y comprender la naturaleza humana del deportista y su realidad actual.

De  la  misma  forma,  aquel  padre  que  le  presta  mas  atención  a  su  hijo  descarriado  por  sobre  el  otro  –  más centrado y responsable – no significa en manera alguna desigualdad o que lo quiera más que al otro.

Será  importante,  entonces,  que  el  entrenador  desarrolle  la  capacidad  de  evaluar  la  conveniencia  o  no,  de practicar cambios en el trato que eleven la autoestima de los jugadores y bajo ningún concepto alteren al grupo, ni produzca resentimiento ni quejas en los demás.

Sin embargo, a pesar de los matices en el trato, producto de la aplicación de una igualdad de tipo geométrica, todo  debe  tener  un  límite.  Bajo  ningún  concepto  es  posible  sacrificar  reglas  y  pautas  generales  de comportamiento para atender motivos particulares. De lo contrario, entraríamos en el relativismo de tener que poner a consideración absolutamente todo, en aras de poder atender cada una de las situaciones particulares de los jugadores.

En rigor, lo que puede haber es flexibilidad en el trato, producto de los caracteres y personalidades distintivas de  cada  jugador,  pero  siempre  inflexibilidad o rigidez en cuanto al acatamiento de las leyes  y  normas preestablecidas.

El entrenador deberá encontrar el equilibrio adecuado para no generar celos ni antipatías entre los jugadores, resguardando por sobre todo la unidad del grupo.

En  síntesis,  llevar  adelante  la  conducción  de  un  grupo  y  establecer  las  relaciones  entre  sus  miembros  es  un verdadero  arte,  que  nunca  va  acompañada  de  la  misma  receta,  por  lo  que  está  en  cada  entrenador  como conductor, encontrar la mejor manera de optimizar las relaciones entre sus dirigidos.

Por Sebastián Perasso