Viernes, Julio 21, 2017
   
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El Elegido

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Con 1,57 minutos restantes para finalizar el cuarto cuarto y el marcador igualado en 89, Irving penetra y dispara desde una posición incómoda. A diferencia de otros disparos esa misma noche, aquel ni siquiera tocó el aro. El que tomó el rebote fue Iguodala llevando raudamente  de costa a costa la pelota por calle central, y jugando con Curry un "toma y dame" poco antes de pisar la llave, con el objetivo, y final consecuente, de obtener una bandeja que le diera a Golden State una diferencia que en ese momento hubiese sido un mundo. Llevaban empatados en 89 desde hacía tres minutos. Pero en el mismo instante en que comenzó el veloz ataque de los dirigidos por Kerr, un jugador había comenzado el proceso inverso, el de defensa, con la determinación necesaria como para recorrer la cancha y adelantarse lo suficiente  para impedir que lo que parecían dos puntos hechos, se transformara en una especie de intervención divina, de esas que interrumpen la lógica causal de los acontecimientos. Aquella corrida en sentido inverso resumen una vida. Y no hay hundida, triple, "crossover", "alley up", o cualquier otra jugada en ofensiva que describa de manera más dramática la biografía de Lebron Raymone James.  Iguodala creyó que lo que lo separaba de aquella bandeja era la displicente marca de J.R Smith a quien tenía de frente, pero nunca imaginó que lo que tenía delante, en verdad lo tenía detrás, del mismo modo que operan los karmas, apareciendo en el mismo instante que el presente olvida su pasado. Que aquella bola no aventajara a los Warriors tiene su explicación si hacemos uso de un recurso cinematográfico y detenemos la imagen en el exacto instante en que la mano decidida de Lebron hace contacto con la pelota aprisionándola contra el cristal previo a que fuese "goaltending", luego de un salto apoteósico.  Entonces, con los recursos actuales vamos hacia atrás y entendemos que aquella corrida frenética, más parecida a la de un animal de presa que a la de un ser humano, comenzó mucho antes de que Irving fallara su disparo e Iguodala iniciara el ataque.

Hablar del elegido implica reconocer que en una especie de "thruman show", el mundo se organizó para que alguien haga carne su destino, sea cual sea. La gloria, la inmortalidad, la felicidad. Implica asumir que todas las personas son simples excusas que acompañan el desenlace del protagonista, simples actores de reparto que tal vez tengan en algún momento de la película alguna gratificación o recompensa, pero que en cualquier caso, estarán puestas allí para servir al cometido final; Que la profecía se cumpla. Que lo que debe ser, sea. Que lo que no es, nunca será. No sabemos quiénes son los elegidos porque si lo supiéramos tal vez no lo serían, porque caerían en la paradoja de no hacer lo que en definitiva cuenta para serlo, que no es solamente tener ese don, sino haber hecho los deberes necesarios para que las piernas respondan en el mismísimo instante que se requiere de ellas, y por el otro lado el resto, al saber que sólo somos meros adornos del actor estelar, podríamos actuar, en una especie de rebelión bíblica, y matar al mesías, traicionarlo, en definitiva, vengarnos contra la injusticia de que el relato histórico nos excluya.

La historia y los cuádriceps de Lebron constataban lo mismo. Nunca se había invertido un 1-3 en las finales de la NBA y la ciudad de Cleveland llevaba cincuenta y dos años sin obtener un campeonato tomando en cuenta cualquier competición. Pero el año pasado había vuelto el hombre quien con dieciocho años y justo antes de entrar a la NBA ya había firmado un contrato con Nike por noventa millones de dólares. Criado por una precoz madre que lo tuvo a los dieciséis años y sin referencia paterna, Lebron y sus hermanos recorrieron todos los barrios marginales de la ciudad de Akron en el estado de Ohio, cada vez que tenían que mudarse por no pagar la renta. Sin embargo, encontró en el football la inspiración necesaria para no abandonar los estudios y alejarse de las tentaciones de los bajos de Akron. Su entrenador, Frankie Walker aconsejó a la madre de Lebron, Gloria, que se fuera a vivir con él y su familia para proporcionarle una vida más estable. En su primer año como receptor, el elegido había conseguido diecinueve "touchdowns", en seis partidos jugados. A la edad de nueve años y en un frio otoño de Akron, lo más parecido a un padre que había tenido Lebron hasta ese momento, es utilizado por los dioses para hacerle llegar al elegido su primera pelota de basketball y darle las primeras nociones sobre aquel deporte. Desde ese instante abandonó la práctica del football aunque conservó de él la utilización del protector bucal y tal vez le deba a dicho deporte la rudeza con la que luego se desempeñaría para el cual había nacido.

La película puede seguir, y ya se filmará una, y luego otra. Se podría seguir narrando ese guión escrito por los dioses del monte Akron, se podría ir a los años de freshman, a sus primeras insinuaciones de que algo grandioso esperaba en la contratapa de su vida. A sus años de "high school" y su prematura elección en el "draft" del 2003. A sus galardones, palmas, éxitos, medallas olímpicas, selecciones de MVP, disparos imposibles, partidos de "all star". Pero en aquella corrida felina en un encuentro desesperado con su propia historia los dioses no estaban. Los dioses en verdad sólo intervienen cuando la voluntad encuentra un límite. Los dioses pusieron en sus manos por primera vez una pelota de basketball usando como intermediario a su entrenador Walker, o permitieron que su madre no se opusiera a que se fuese a vivir con él y su familia. Pero aquella noche en el Oracle Arena fueron espectadores, dejando que el guión retomara cierta espontaneidad, que la fatalidad no estuviese signada y que aquellas piernas pudieran o no pudieran saltar lo suficiente. No hicieron nada para que en un acto de competitividad admirable, el niño Lebron corriera para hacer el "touchdown" de su vida, para ese que la ciudad que lo acunó esperaba ver por exactamente cincuenta y dos años. Los dioses tampoco estuvieron cuando Lebron tuvo que decidir que el contrato con Nike no era un punto de llegada sino de comienzo a pesar de que a partir de ese momento, su vida, económicamente hablando, ya estuviera resuelta, ya que en un pestañear fue poseedor de una fortuna que puede marear a cualquiera. Tampoco estuvieron las cuatro veces que le tocó perder finales de NBA. Dos con Cleveland y dos con Miami, y mucho menos estuvieron cada vez que Lebron tuvo que decidir si un partido estaba perdido o había chances de traerlo, y tampoco cuando debió valorar si valía la pena seguir entrenando para confirmar que seguía siendo el elegido, a pesar de sus treinta y un años y haberlo logrado todo. El guion divino lo puso en una encrucijada.

¿Por qué este año? ¿Por qué contra las actuales campeones quienes en temporada regular habían batido el record de más partidos ganados? ¿Por qué si ya habían pasado cincuenta y dos años? ¿No podrían ser cincuenta y tres? ¿Por qué si nunca se había vuelto de un 1 - 3? Los dioses de Akron soltaron las riendas del destino y dejaron que la inercia de la voluntad del elegido corriera mas rápido que la historia y sellara un final no escrito pero que se nutrió de decenas de tiros fallados y de perezas vencidas. Pobre los hedonistas que sólo buscan el placer y no entienden que sólo de allí los músculos no se nutren, que el destino no se consume y que los elegidos tienen la libertad, cada día, de dejar de serlo.

Por Diego Paseyro