Lunes, Noviembre 20, 2017
   
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Suárez vs la ética

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 Esto de escribir me hace inmensa e intensamente feliz, por esa razón vuelvo al ruedo con la gran ilusión de lograr dos objetivos: entretener, y reflexionar juntos sobre cuestiones cotidianas, estimulando nuestra capacidad de pensar.

Los invito entonces a participar del gran debate que nos ocupa:

EL DEPREDADOR VS LA ETICA

Y Uds. se preguntarán que tiene que ver...pues bien, si no han permanecido ajenos al bombardeo mediático de estos últimos días, nos hemos enfrentado a una gran disyuntiva ético/moral: el comportamiento del mejor jugador de nuestra selección de fútbol, dentro y fuera de la cancha.

Hemos escuchado infinidad de opiniones acerca de su conducta dentro del campo de juego, y, me estoy refiriendo concretamente al mordisco que le propinó al jugador italiano Chiellini. En algo estamos todos de acuerdo, es una conducta claramente antideportiva, sin pretender entrar en cuestiones técnicas que estamos lejos de entender e interpretar. Ahora bien, cuando este hecho ocurre, y, al cabo de unas horas es negado por el autor, y sin pruebas en contrario, no incurre en una acción antideportiva que contradiga el Código de Ética Deportiva el cual establece en alguno de sus enunciados:

“La deportividad es fundamentalmente el respeto a las reglas del juego. Pero también incluye conceptos tan nobles como amistad, respeto al adversario y espíritu deportivo. Deportividad es, además de un comporta­miento, un modo de pensar y una actitud vital favorable a la lucha contra la trampa y el engaño”

Desde esta perspectiva, la deportividad es una concepción del deporte que trasciende del puro cumplimiento de las reglas deporti­vas para situarse en un entorno de respeto, caballerosi­dad y consideración del adversario, y se traduce en una serie de comporta­mientos que trascienden las reglas, pero que forman parte del gran universo de lo ético.

Pero ¿qué nos sucede cuando el propio Suárez, días después, admite que ese hecho ocurrió, y que efectivamente el adversario italiano recibió una mordida de su parte?

Y no me estoy refiriendo a si las sanciones impuestas correspondían o fueron exageradas, etc., etc., me refiero a que nos pasa a nosotros, que nos pasa por dentro cuando nos enteramos por medio de una carta del pedido de disculpas con visos de engaño.

Estoy casi segura que muchos nos sentimos estafados, y no fue por la mordida negada en un principio, que sin duda es contraria a la conducta deportiva, sino por la actitud de reconocimiento expresada en forma escrita unos días después. Y aquí quiero detenerme: ¿estamos frente a una contradicción?

Cuando hablamos de ética desde una perspectiva cotidiana y nuestro comportamiento refleja los valores aprendidos básicamente en nuestra infancia, ¿es posible que en la adultez tendamos a relativizarlos, dicho de otro modo, nos volvemos más elásticos?

Si definimos “moral” como un conjunto de normas que actúan desde el exterior o desde el inconsciente, como una motivación extrínseca a la conciencia del sujeto, a diferencia de la ética que influye en la conducta de una persona pero desde su propia conciencia y voluntad, entonces no es lo mismo realizar una conducta porque es una obligación impuesta por la sociedad que ejercer esa misma conducta por que “yo estoy convencido de la bondad de esa acción”

Mientras que la moral tiene una base social, normas establecidas en el seno de una sociedad, la ética surge como tal en la interioridad de una persona, como resultado de su propia reflexión y su propia elección.

Y aunque la ética puede coincidir en su contenido con la moral, es decir las normas morales recibidas en la educación, también puede la ética ofrecer una fuerte diferencia en alguna de sus normas, creando así una serie de conflictos internos en la mentalidad de una persona.

Entonces me pregunto: ¿qué le pasó a Suárez? ¿Actuó en contra de la moral cuando mordió?, si, claro, pero sería interesante preguntarle que lo impulsó a actuar contra su propia ética cuando decidió retractarse públicamente, motivado vaya a saber por cual razón, que tiene olor a trampa.

Prof. Sylvia López Lago