Viernes, Julio 21, 2017
   
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Deporte: Filosofia para la Vida - Como te ven...

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 Como te ven... 

En nuestra trabajo anterior, habíamos planteado que el concepto estético en el deporte tiene una estrecha relación con lo artístico en tanto y en cuanto se manifiesta como expresión creativa pero, también dejamos planteada otra inquietud: ¿qué pasa cuando la estética se concentra exclusivamente en "el culto al cuerpo"?

Esta tendencia a poner al cuerpo en el centro de nuestro pensamiento, va adquiriendo a medida que transcurren los años, una fuerza explosiva que se manifiesta en una preocupación característica de la sociedad contemporánea.

A partir de esta exacerbación de la perfección corporal, la imagen que proyecta nuestra apariencia física, comienza a relacionarse con nuestro éxito o fracaso convirtiéndose en verdadero “objeto de culto”.

Comienza a gestarse el concepto de que la belleza física es sinónimo de salud, porque la salud se identifica con la simetría y las proporciones corporales.

El viejo principio de que "el deporte es salud", es reemplazado por el que impone al deporte como uno de los medios para obtener esa imagen exitosa; es bien sabido que abundan los ejemplos acerca de la facilidad con que las personas “bellas” acceden con privilegios a puestos de trabajo, círculos sociales privados, fama, beneficios materiales, y algunos rubros más, a los que no hemos podido tener acceso…

El riesgo consiste en que una vez que colocamos al cuerpo como objeto prioritario en nuestro pensamiento, tendemos a considerarlo como algo desprendido de nuestra unidad personal. Adquiere entonces, la dimensión de algo indispensable para nuestro desarrollo personal, pero en forma autónoma y, si no nos visualizamos como una unidad indisoluble, al priorizar lo corporal tendemos a vernos desde una perspectiva exclusivamente narcisista.

Este sentimiento se expresa a través de una desmedida preocupación por todo el universo corporal, incluyendo un desmesurado interés por la salud, y esta exacerbación de lo físico tiene, en ocasiones, relación con el bombardeo mediático de imágenes de cuerpos perfectos y jóvenes.

El frenesí que desata tanta exposición de belleza física, transforma la sensata preocupación por el cuidado del cuerpo, en el cuerpo como una finalidad en sí mismo.

Citando a Linaza en "El juego y el deporte como instrumentos pedagógicos de la enseñanza secundaria obligatoria (1996), "se consume deporte como se consume cualquier producto".

Las industrias dedicadas a la producción de artículos relacionados con la práctica deportiva, los centros estéticos, la industria cosmética, los gimnasios, etc., constituyen un acontecimiento social que, si no totalmente nuevo, lo es al menos en cuanto a las dimensiones o proporciones alcanzadas en los últimos
años. En algunos casos, si descendemos a la realidad cotidiana, podemos observar como el culto al cuerpo se ha traducido no en la asunción madura de la propia corporeidad, sino en la asimilación de una única forma convencional de belleza física (Ferrés, 1994).

Sin embargo, la belleza física se nutre de otras cualidades igualmente visibles y que no guardan relación con los atributos físicos: la simpatía, el carácter afable, el conocimiento profundo de nosotros mismos a través de la experiencia, la templanza, conformando así, una personalidad seductoramente bella.

Es así que, cuando el deporte se practica con la finalidad de realizar una actividad física cuyo objetivo es lograr el bienestar en todos los aspectos que nos constituyen como seres humanos, nuestro destino es la optimización de nuestra calidad de vida.

La práctica regular de la actividad física, nos proporciona mejor estado y forma física, sensación de bienestar mental, y espiritual.

Y en este punto me detengo, porque me gustaría abrir un nuevo capítulo especialmente dedicado al tema de la espiritualidad, y de que manera el Deporte nos embellece y nos mejora en esa intangible dimensión interior.

Así que, queridos amigos lectores, nos despedimos hasta la próxima entrega que promete ser algo más introspectiva.

Prof. Sylvia López Lago