Miércoles, Noviembre 22, 2017
   
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Nacional dejó pasar el tren y se despide sin estilo ni actitud.

Uno de los tantos axiomas que existen en nuestro fútbol expresa que Nacional y Peñarol están obligados a ganar los torneos locales y pelear las copas continentales. No obstante, la escasez de resultados a nivel internacional hizo que en los últimos 25 años esta premisa se viera restringida a efectos de trazar los objetivos de los grandes y éstos comenzaran a conformarse con la foto de campeón uruguayo, siempre que no surgiera algún equipo en desarrollo que acentuara (aún más) la deuda acumulada con su rica historia.

Once meses atrás, Gustavo Munúa colgó los guantes como campeón uruguayo y se puso el buzo de DT tricolor, consiguiendo rápidamente el reconocimiento de la prensa y la hinchada alba (de exigente paladar) por el moderno estilo de juego que desde el comienzo instauró en cancha, con toque, velocidad, salida desde el fondo y juego por las bandas.

Munúa debutó como técnico en el Apertura del Uruguayo 2015/2016. En su primer torneo corto ya logró destacarse de sus nuevos colegas (por su nivel futbolístico y por su saco sport gris topo que seguro vale más que toda la delantera de El Tanque) pero no le alcanzó: regaló el campeonato y fue el vice campeón del discreto clásico rival dirigido por Pablo Bengoechea.

La capacidad y personalidad del joven técnico es innegable y la revancha se le presentó en este primer semestre del año, en el que debía ganar el Torneo Clausura, descontar un punto en la Tabla Anual y, simultáneamente, hacer una digna Copa Libertadores en un grupo –a priori- muy complicado. Y arrancó bien, en VTV primero y en Fox Sports después, de la mano de un Nicolás Diente López intratable en todas las áreas -haciendo olvidar los goles de Iván Alonso, que cruzaron el charco cuando nadie lo esperaba-.

Pero el fantasma de la doble competencia y los diversos inconvenientes de índole sanitario (las famosas paperas y las lesiones de jugadores fundamentales en el sistema de juego como Kevin Ramírez –KR7 para los amigos- y el Diente) paulatinamente fueron evidenciando errores en la conformación del plantel, que dejó de lucir tan largo como aparentaba, al menos desde la razonable equivalencia que debe existir entre algunos de los titulares y sus suplentes. Y empezó a mermar el desempeño y a desaparecer el estilo ofensivo. Y no llegaron los resultados. Y lo peor: no se pudo ganar ninguno de los partidos claves para la definición. Solo quedaron los restos de maquillaje de una bella Copa, que revivió las esperanzas de los hinchas albos que veían en la barba de Mauricio Victorino al gran Hugo De León y en las manos del Coco Conde el reflejo de la pelada siempre bien bronceada de Jorge Seré.

Tras empatar de visita con Rosario Central por la primera jornada de la Libertadores, ya como líder del torneo local y con la necesidad de aprovechar un traspié de Peñarol -que había caído ante Fénix-, en la cuarta fecha del Clausura jugó con toda su plantilla de suplentes frente a Plaza Colonia –hoy flamante campeón-, reservando sus titulares para jugar a mitad de semana, de local, frente al River de JR por la Copa. Perdió y ese fue sólo el comienzo de una serie de encuentros marcados por la falta de carácter para aprovechar las oportunidades que brindaba el archirrival de obtener el bicampeonato uruguayo.

Cada vez que el tren llegó a la parada, Nacional lo dejó pasar. Siempre. Sin excepciones. Y eso que pasó con mayor frecuencia que el 104. Más seguido de lo esperado. Y de lo merecido por el propio equipo tricolor.

En el Clásico -uno de esos partidos que ayuda a salvar el semestre- fue notoriamente superior a su rival, pero no lo definió cuando pudo y se lo empataron insólitamente en el minuto 94. Sin embargo, cuando creyó que ya no podrían existir más chances, el fin de semana siguiente surgió una nueva oportunidad y cayó ante el peor Danubio de la última década en el Gran Parque Central -de la localía e ineficacia en el GPC nos encargaremos en próximas ediciones-. Como si fuera poco, el último fin de semana y mientras todos mirábamos la final de la Champions de pantuflas, se dio el lujo de perder con un comprometido Rentistas. Sin actitud, sin juego. El estilo ofensivo de Munúa desapreció por completo, obteniendo un solo punto de los últimos nueve jugados, convirtiendo apenas dos goles -ambos de penal- y recibiendo seis.

Es verdad que existieron problemas de toda clase y las ausencias de cuatro o cinco jugadores claves (incluyendo a los seleccionados Victorino y Fucile) hicieron imposible repetir el once titular que se recitó de memoria algunas semanas en Nacional. Pero en los últimos encuentros faltó el fútbol y el estilo del que tanto se habló. Y ante esto, la actitud de los jugadores y el cuerpo técnico brilló por su ausencia.

Nacional llega a la última fecha del Clausura sin posibilidades de campeonar y con remotas posibilidades de alcanzar la punta de la Tabla Anual para pelear por el Uruguayo. La matemática dice que sigue en el andén, aunque parece ilógico que ese tren, que se cansó de esperar, vuelva a pasar.

Gustavo Munúa declaró el pasado sábado que el semestre fue “bueno” y profundiza la preocupación. La dirigencia tricolor, junto al cuerpo técnico y la gerencia deportiva del club, tiene el impostergable desafío de definir si resulta suficiente para la grandeza de Nacional conformarse con un segundo o tercer puesto en el Uruguayo, sin llegar siquiera a la definición, y la clasificación a una copa internacional (habiéndose puesto en peligro incluso el ingreso directo a la fase de grupos de la Libertadores 2017), a cambio de una buena copa internacional, que ilusionó a todos pero que lo vio quedar eliminado en cuartos de final frente a un pálido Boca, con un poco de mala suerte y otro tanto de esos elementos que también se ausentaron en los partidos determinantes del torneo doméstico.

Por Gustavo Di Genio