Domingo, Octubre 22, 2017
   
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Un opacado campeón

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¿Se puede cuestionar a un campeón? Aún sin haber gozado de un fútbol atildado, ¿se le puede objetar algo?

¿No borra todo, el hecho de levantar la copa y de convertirse en el primer equipo uruguayo en hacerlo por cincuentava vez? ¿No quedan sepultados los cuestionamientos dirigenciales, las malas decisiones, los antipáticos modos, y la falta de inteligencia para conducir una institución por parte de su presidente una vez que se logra el objetivo por el cual todos los equipos pugnan? La respuesta a todas esas interrogantes es un enfático "sí", de hecho, no sólo se puede uno hacer todas esas preguntas, sino que, entiendo, debe hacerlas. Porque, aún como peñarolense, aún desde el festejo de haberse consagrado el equipo por el cual tantas veces he puteado y festejado en incontables circunstancias, sería un poco ingenuo, no decir, ¡cómo será el nivel de nuestro fútbol si este fue el equipo que más puntos hizo a lo largo del año!

Es cierto que en el fútbol no se puede hablar de merecimientos. Que la fuerza de los goles y de las pelotas que deciden no entrar se imponen con una fuerza tal que impiden hacer cualquier revisión sobre el veredicto final, o preguntarse qué hubiese pasado si... Sin embargo, y teniendo en cuenta que ya he visto, desde que memoria tengo, salir campeón a Peñarol la nada austera cifra de diez veces, o sea, he festejado un campeonato cada dos años de promedio desde que presenciara el primero, allá por el `93 dando comienzo al segundo quinquenio obtenido por un equipo uruguayo en la historia de esta gloriosa institución, nutrida de hazañas a lo largo y ancho del mundo, sin embargo, decía, puedo y debo manifestar que no me alcanza. Que la copa por el uruguayo se ha venido devaluando tanto que ya no es punto de referencia. No me alcanza levantar más copas y al mismo tiempo constatar la diferencia abismal y las ventajas infantiles que damos cuando jugamos internacionalmente. Cuando viene un equipo colombiano y nos pasea en el propio centenario o no podemos ganarle a un humilde Huracán que nos visitó sin varias de sus figuras.

A no ser que participe del infantil, histérico e irreflexivo comportamiento del hincha que lo único que pretende es ganarle esa estúpida carrera a Nacional, por ver quién tiene más torneos obtenidos, sin reparar, dicho sea de paso, en el escaso prestigio del que hoy gozan, hoy no hay mucho para festejar. Es mucho más significativo la recta final del año para Liverpool, la performance de Nacional internacionalmente y sin dudas el clausura obtenido por el casi amateur Plaza Colonia, que no estuvo tan lejos de forzar una final, que el campeonato número cincuenta en la historia mirasol. Campeonato que como ya he dicho, le corresponde más a Bengoechea que a Da Silva, quien nunca logró hacer jugar dignamente a sus dirigidos, y que un casual "nucazo" de Novick le salvó las papas, cuando se le venía la noche, y que desde allí hasta el domingo de tarde, hizo todo lo posible para dejar escapar el clausura y por poco el uruguayo.

Entonces, ¿equipo que gana no se cuestiona? Depende. Depende si en esa victoria se ha alcanzado un piso mínimo de salud institucional y elaboración futbolística. Y Peñarol viene reprobando ambas asignaturas por más que el peso de sus colores hagan que empujado por su historia siga logrando consagraciones. En otras palabras, cambio dos uruguayos por la posibilidad de ser competitivos internacionalmente, donde se apueste seriamente a las formativas, se crea en un proyecto a largo plazo y el banco de suplentes no sea un desfiladero de técnicos y jugadores. Donde se respete y se le dé el lugar que nuestras referencias históricas merecen y donde tengamos un presidente a la altura del cargo que ejerce. Cuando todo eso pase, las victorias recuperarán la dulzura que años de malas gestiones han suplantado por este amargor victorioso, que más que festejos invocan reflexión.

Por Diego Paseyro